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Uyuni ida y vuelta: Un viaje a la naturaleza pura de Bolivia

2015-11-19

 

Ocho de la noche de un viernes casi cualquiera, con la excepción de que éste será un fin se semana largo porque el lunes es Todos Santos. "La ocasión perfecta para irse de viaje", es el pensamiento que comparto con las chicas que serán mis compañeras en esta aventura. Junto con otras tres voluntarias alemanas vamos a emprender un viaje de tres días por Uyuni, a visitar el emblemático salar y sus alrededores surrealistas. Está decidido.


Nos encontramos en la terminal de buses de la ciudad de La Paz. 20:30 arranca el bus para emprender su ruta de 12 horas hasta llegar a su meta: Uyuni. Es una noche de poco sueño, pues la opción "semi-cama" como constatamos, no te permite pasar una noche cómoda y descansar. Sin embargo, al bajar del bus a las siete de la mañana, con las piernas aún dormidas, la mente se me despejó sabiendo que dentro de unas horas más ya iba a comenzar la aventura en todoterreno.

 

Con un  desayuno "continental" en el estómago y la batería del celular cargada estamos listas. El grupo también está completo y el Land Rover preparado para arrancar. A las cuatro voluntarias alemanas que somos se nos unieron otros dos chicos peruanos, también residentes en La Paz. Nuestro chófer se presenta con las palabras: "Hola chicos, soy Reymundo y voy a ser vuestro chófer, guía y cocinero durante estos tres días." Enciende la radio y escuchamos la típica música que a los turistas europeos, eso piensan, nos gusta (David Ghetta y anexos). Al rato le pido a Reymundo que ponga música boliviana y poco tiempo después estamos viajando acompañados por los sonidos folklóricos del país.

Empieza el primero de los tres días del viaje a través del extremo sur boliviano. La primera parada: el llamado Cementerio de Trenes, situado a las afueras de Uyuni. Aquí encontramos un sin fín de vagonetas antiguas y corroídas que hoy ya sólo sirven de bastidores perfectos para una foto de recuerdo de esta aventura. Seguimos nuestro viaje hasta llegar al pueblo de Colchani, localidad productora de sal. Se ve que Colchani vive de los turistas que aquí paran, pues lo único que observamos es puestos, puestos y un pequeño museo de sal. Siguiente parada: el gran Salar de Uyuni. En él nos llama la atención una aglomeración de montes de sal y aprendemos que esa colocación deja que corra el agua hacia abajo, dejando la sal más seca para después ser procesada con facilidad.



En la siguiente parada nos llevamos con nosotros las figuras de dinosaurios que Reymundo nos ha traído para sacar las famosas fotos en perspectiva en las que por ejemplo, parece que estamos luchando contra un dinosaurio del mismo tamaño que nosotros.


Seguimos nuestra ruta hasta llegar a la Isla Incahuasi, también conocida como la Isla del Pescado. Es un lugar surrealista, al estar rodeado de lo que antiguamente era un mar de agua y hoy lo es de sal. Algunos de los cactus que pueblan la isla tienen más de mil años de antiguedad. Las vistas desde el punto más alto de la isla son espectaculares: desde arriba uno se imagina con facilidad cómo la sal alguna vez formaba parte de un inmenso mar.

 
Para finalizar el día, Reymundo nos lleva a ver el atardecer justo en el momento preciso. De nuevo aprovechamos para sacar fotos: esta vez parece que estamos sosteniendo el sol en nuestras manos. Cenamos y dormimos en uno de los numerosos "hoteles de sal". El nuestro está ubicado en San Juan. El hecho de estar en plena naturaleza nos lo confirma la carente señal de nuestros celulares, en Wifi ni pensar…


Comienza el segundo día con un desayuno a las siete de la mañana. Partimos media hora después, no hay tiempo para la sobremesa. En el camino nos encontramos con un tren que está yendo a Chile, país del cual nos encontramos a pocos kilómetros. Lo adelantamos para pararnos en las vías del tren y verlo pasar a nuestro lado: de película western total.

 

Próxima parada: el desierto de Siloli. Aquí Reymundo nos muestra las formaciones de piedra surrealistas que, por ende, le dan al lugar el nombre extraoficial de Desierto de Dalí y el Árbol de Piedra, junto con otras rocas enormes que invitan a escalarlas.

En este día también vimos varias lagunas: la Laguna Hedionda, la Laguna Honda y más tarde, situada dentro de la Reserva de Eduardo Avaroa, la más grande de todas, la Laguna Colorada. Conocimos los diferentes tipos de flamencos que en ellas viven: el flamenco James, el Andino y el Chileno.

Y si bien son casi imposibles de diferenciar a simple vista, observarlos se convierte en un placer casi hipnótico. Por la tarde llegamos al siguiente alojamiento, ya más básico que el primero, pues la electricidad será solamente encendida por la noche y por dos horas exactas. Aquí pasamos la noche más fría de todo el viaje…

 

Sin embargo, el frío fue de poca duración porque al siguiente día, a las cinco de la mañana partimos para llegar a un lugar cálido: las aguas termales y pegarnos un chapuzón en ellas. Es sin duda el momento con más calor que pasamos en todo el viaje, y eso que la temporada que elegimos es de las más calurosas, pues en otros meses las temperaturas bajan hasta 25 grados bajo cero durante las noches en el desierto.

 

 

La última parada en este viaje aventurero es la impresionante Laguna Verde en la que no viven flamencos, pero sólo su color nos deja asombrados.


Y volvemos a emprender el viaje de vuelta a Uyuni, somnolientas y con ganas de volver a estar en La Paz, lugar donde tenemos nuestras camas y nuestras tan anheladas duchas con agua caliente, y del que nos separa solamente otro viaje en bus semi-cama de 12 horas… Pero ¡ha valido toda la pena del mundo!

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